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“No sé como desayunan los chilenos en Chile, pero en el extranjero es terrible, sobre todo si el tour, el resort o el hotel, sólo incluye desayuno, pero no el resto de las comidas.
Alguna vez y por esto mismo, exigí guiar únicamente a grupos de chilenos con todo incluido, pero nunca hubo los suficientes para formar un grupo y tampoco estaba yo en posición de grandes exigencias.
Los chilenos, después de consumir el doble de cualquier pasajero normal, pasan al proceso de llevarse cosas, pero siempre con disimulo.
Esto es lo más extraño y creo que el disimulo es el problema.
Los norteamericanos, mexicanos o belgas, por ejemplo, en una servilleta depositan un quequito, un brownie huacho o un yogurt, porque nadie les pone problemas y los hoteles lo entienden como un gesto de amabilidad de la casa que ofrece el desayuno.
Los chilenos, en cambio, no se van con nada a la vista y hasta observan con cierto desdén y molestia lo que otros pasajeros se llevan normal y naturalmente de los hoteles de Río de Janeiro, París o Ciudad de México.
Sin embargo, son maestros en arrasar con lo que encuentran cuando nadie los mira o cuando pestañean los mozos. No es sólo necesidad, es algo vinculado con las ganas de retirarse con más de lo que pueden, porque no resisten la abundancia, carecen de armas de resistencia y simplemente no logran evitarlo.
Son las esporas del subdesarrollo que se pegan a la piel y a las costumbres de manera indeleble y no bastan dos o tres generaciones para superar el trauma de ver tanto (frutas y huevos; variedad de panes, jugos y cecinas; desde luego tocino, chorizo y tortillas; repostería abundante) e irse con los puesto y nada más.
Creo que aplacan su angustia vital, cada vez que se parten con tres o cuatro envases minúsculos de mermelada y algunos de mantequilla.
Amortiguan el tedio existencial con algunas lonjas de jamón bien estiradas dentro de un libro que además no leen.
Se sienten dichosos con pan de molde en el bolsillo, para que no abulte.
Van radiantes por las láminas de queso, los bollos o un arsenal de pequeñas bolsitas de azúcar, café, té y sacarina en donde se pueda: en los pliegues de las carteras, al fondo de las mochilas o en bolsas plásticas dispuestas para la ocasión.
Van felices porque los extras del desayuno los pueden convertir en almuerzo frugal y en onces comidas para pasar el día.
He visto matrimonios jóvenes, en Cancún o Varadero, que salen con mamaderas, patitos y cantimploras rebalsadas con jugo de naranja y/o maracuyá.
Gerentes en viaje de negocios en Las Vegas, que acomodan decenas de galletas en los costados del notebook.
Funcionarios de Estado que en Ginebra, convierten su maletín en una charcutería ambulante.Todos los chilenos que conozco son subdesarrollados de espíritu.
Espero no ofender a nadie con lo que digo, porque lo hago mientras espero en el bar del hotel el arribo de un tour. Es tarde, se han demorado, pedí una cerveza y me las arreglo con lo que traigo en el bolsillo desde el desayuno: pan y mortadela. Estoy listo. Y que no se me olvide el maní, que viene incluido con la cerveza. Igual me lo llevo”.